✦ El Libro Que Te Lee · VII
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EL LIBRO
QUE TE LEE

Las Siete Puertas del Reino Interior
Pedro J. Pérez
Libro Séptimo y Último · El género está en todo; nada se crea sin sus dos fuerzas
La Séptima Puerta · Generación
El Reencuentro

La antesala está encinta de luz

El libro se abre por última vez, y la antesala de los dos cielos late como un vientre. El aire está cargado, fértil, a punto de algo; dos corrientes de luz —una que empuja hacia fuera y otra que acoge hacia dentro— se buscan y se enroscan en el centro, y donde se juntan brotan chispas que parecen semillas, mundos diminutos que nacen y se apagan en un parpadeo.

El Custodio se condensa a tu lado, y hoy su voz doble suena distinta: más suave, casi emocionada, como quien acompaña a alguien hasta la puerta de su casa después de un largo viaje.

—Has vuelto —dice—. La última vez. El reino se replegó cuando cerraste el libro, y durmieron tus sellos y tu nombre. Abre la mano.

La abres. Y allí están, tibios, casi calientes: tus seis sellos —el ojo, la almendra, la onda, la estrella, la ola y los engranajes—, con sus seis letras dormidas —S, E, M, I, L, L— en el reverso. Arriba, en tu zurrón, seis luces laten pegadas, y falta un solo hueco por encender para que sean una palabra entera. La palabra que casi puedes pronunciar.

—Seis leyes llevas escritas donde no se borra —continúa—. Que todo es Mente. Que arriba y abajo se corresponden. Que todo vibra. Que los opuestos son uno. Que todo va y viene. Que nada es azar. —Señala las dos corrientes que se enroscan—. La séptima ley te esperaba en esta antesala encinta, porque es la ley con que todo lo demás crea. Y a esta puerta, Peregrino, no voy a poder entrar contigo. He traído a muchos hasta aquí en mucho tiempo, pero el último umbral se cruza con otro. Antes, como siempre: susúrrame tu nombre. Es la última vez que te lo pido.

Para los que empiezan por el último tomo

Lo que pasó antes

El Escriba, que a todos recibe aunque lleguen tarde, te resume lo esencial de un viaje de siete puertas:

En una Granada de 2041 llena de hologramas y silencios caros, una librería que no sale en los mapas te entregó un libro sin título con tu nombre dormido en la cubierta. Su precio no era dinero, sino atención. Al abrirlo de noche, caíste dentro, al Intramundo, donde el Custodio —guardián de niebla y voz doble— te explicó las reglas: siete puertas, siete leyes, siete sellos, y en cada sello una letra de una palabra que ya conoces sin saberlo.

Cruzaste seis: Todo es Mente (letra S); como es arriba es abajo (E); todo vibra (M); los opuestos son uno (I); todo fluye y refluye (L); el azar es una ley no reconocida (L). En cada una aprendiste a observar, a reescribir tus creencias, a afinar tu nota, a transmutar tu plomo en oro, a subir a tu punto de apoyo y a plantar causas en vez de esperar frutos.

Ahora, la Séptima y última: la ley con que todo lo aprendido se pone, por fin, a crear. Aquí conocerás al Escriba, completarás la palabra, y volverás a casa. Distinto.

Para vivir el viaje entero, empieza por el Libro Primero. Pero si has llegado hasta aquí, algo te trajo. Y ya sabes que eso no fue casualidad.

28657La Séptima Puerta · Generación
Puerta VII · El Toro · «El género está en todo»

La Séptima Puerta es de un violeta hondo, el color en que muere la luz cada tarde y en que renace cada aurora, y no tiene engranajes ni cuerdas ni espejos: tiene vida. Del centro de su arco brota una figura de luz que fluye eternamente sobre sí misma —sube por dentro, se abre arriba, cae por fuera, vuelve a entrar por abajo, sin principio ni fin—, como un corazón hecho de fuego que se bombea a sí mismo para siempre. Y al mirarla, sientes en el pecho un cosquilleo antiguo: las ganas de crear algo. De hacer. De dar a luz.

Grabado en el dintel, el séptimo y último poema. El Custodio, antes de dejarte solo, lo recita una vez, y con cada verso la figura de luz completa un giro entero:

En ti viven dos fuerzas: la que quiere y la que sueña;
Tu voluntad da el rumbo; tu imaginar da el ser;
El que las une engendra: crea el mundo que le enseña;
Recibe, gesta, alumbra lo que un día osaste creer;
Nada nació jamás de una sola, hija o dueña:
Obra y concibe a un tiempo, y serás, sin fin, tu propio amanecer.

—La séptima ley dice así —recita el Custodio—: «El género está en todo; todo tiene sus principios masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos. Nada se crea sin sus dos fuerzas.» No hablo de hombres y mujeres, Peregrino; hablo de dos fuerzas que viven dentro de ti y dentro de todo lo que existe. Una que proyecta: la voluntad, la dirección, el «yo quiero esto». Y otra que concibe: la imaginación, la que gesta la forma, la que da a luz. Solas, ninguna crea nada. La voluntad sin imagen es fuerza estéril, empuje que no sabe adónde. La imaginación sin voluntad es ensueño ocioso, castillo que nunca se construye. Pero cuando se unen… cuando tu voluntad imprime una imagen clara en tu imaginación, y esta la gesta con emoción hasta darla a luz… entonces creas. Así se creó todo lo que ves. Así te vas a crear tú.

El Custodio da un paso atrás, hacia la penumbra, y por un instante sus dos puntos de luz dorada brillan más que nunca.

—Aquí te dejo. Cruza. Y crea algo hermoso.

189El Vergel de la Creación · El Escriba
Un jardín donde las cosas nacen · y, a la sombra del árbol, quien las escribe

Al otro lado de la puerta no hay ni máquina, ni telar, ni mar: hay un jardín. Un vergel inmenso bajo una luz de miel, con árboles cargados de fruta imposible, arriates donde brotan flores que se abren mientras las miras, y por todas partes ese olor a tierra recién regada, a azahar, a comienzo. Y comprendes, con un escalofrío dulce, que estás en el sitio del que salieron todos los demás: aquí es donde el reino se crea a sí mismo, semilla a semilla.

A la sombra del árbol más grande, sentado en un banco de piedra, hay un hombre. Escribe en un cuaderno enorme con una pluma que no se detiene, y al acercarte reconoces el sonido: es el rasgueo que oíste al caer, en la primera puerta, hace ya todo un viaje. El sonido de la pluma que nunca calla.

Levanta la vista. Tiene una cara imposible de recordar y de olvidar a la vez —a ratos joven, a ratos viejísima—, y unos ojos en los que reconoces, de golpe, todas las voces que te han guiado: la del Custodio, la de la Cartógrafa, la del Afinador, la de la Alquimista, la del Farero, la de la Relojera. Estaban todas aquí. Siempre fueron una.

—Por fin —dice, y sonríe, y es la misma palabra con que te recibió la primera página—. Cuánto tiempo escribiéndote sin verte la cara. Soy el Escriba. Y este jardín, Peregrino, es el único sitio del reino que no heredé: lo hago yo, cada día, palabra a palabra. Igual que tú vas a aprender a hacer el tuyo. Ven, siéntate. Tenemos que crear algo juntos antes de que vuelvas a casa.

343Las dos fuerzas · Voluntad e imaginación

El Escriba deja la pluma, coge del suelo una semilla y un puñado de tierra húmeda, y los pone uno en cada mano, ante ti.

—Toda creación necesita dos fuerzas —dice—. Míralo aquí, en lo más sencillo. La semilla sola, sobre una piedra, no crea nada: es pura promesa sin dónde. La tierra sola, sin semilla, tampoco: es puro dónde sin promesa. Pero junta las dos… —cierra las manos, y al abrirlas hay un brote diminuto, verde, temblando— y nace algo que no estaba en ninguna de las dos por separado. La creación siempre es un encuentro, nunca un solo.

—Y dentro de mí, ¿cuáles son esas dos fuerzas?

—Las llevas puestas y casi nunca las presentas. —Se toca la sien—. Una es tu voluntad: el «yo quiero esto», la dirección, la decisión, el que apunta. Firme, activa, como la semilla que lleva dentro, apretadito, el plano entero del árbol. La otra es tu imaginación: la que recibe esa voluntad y la gesta, la que le pone imagen, color, emoción, cuerpo; la que sueña la forma hasta que se vuelve real. Abierta, fértil, como la tierra. —Te mira—. La mayoría de la gente usa solo una. Los que solo quieren, sin imaginar, empujan y empujan un deseo sin forma y se agotan: voluntad estéril. Los que solo imaginan, sin querer de verdad, se pasan la vida soñando bonito sin mover un dedo: imaginación ociosa. Pero el que aprende a usar las dos a la vez —a querer con precisión y a imaginar con emoción, al mismo tiempo— ese, Peregrino, ese crea su vida en vez de padecerla. Ese es un creador.

Lo que ya aprendiste, ahora unido

Fíjate en que esta última ley no es una más: es donde todas las otras se dan la mano. Tu Mente concibe la imagen (Primera Puerta). Lo que imaginas dentro se corresponde con lo que aparece fuera (Segunda). La emoción con que lo imaginas es su nota, su vibración (Tercera). Eliges el polo alto de lo que quieres crear (Cuarta). Lo sostienes a través de las mareas, sin agarrarte ni rendirte (Quinta). Y plantas, cada día, la causa pequeña que lo engendra (Sexta). Las seis leyes eran seis herramientas. Esta séptima es la mano que las usa todas a la vez para dar a luz. Por eso es la última. Por eso es la corona.

434Lo estéril y lo fértil

El Escriba te lleva por dos senderos del jardín, uno a cada lado, para que veas con los ojos lo que acaba de decirte.

El sendero de la izquierda está lleno de gente empujando. Empujan carretillas cargadas de deseos —dinero, amor, salud, éxito— cuesta arriba, sudando, con la mandíbula apretada y la mirada dura. Pero las carretillas están vacías: solo llevan la palabra del deseo, no su imagen. «Quiero, quiero, quiero», repiten, sin haber imaginado nunca de verdad, con el cuerpo, cómo se sentiría tenerlo. Se agotan y no llegan. Es voluntad sin imaginación: fuerza estéril.

El sendero de la derecha está lleno de gente tumbada en la hierba, soñando. Imaginan maravillas —viajes, obras, vidas enteras— con una sonrisa beatífica, entre nubes de colores. Pero no se levantan nunca. No quieren de verdad, no deciden, no plantan: solo sueñan bonito. Sus jardines imaginarios son espléndidos y no existen. Es imaginación sin voluntad: ensueño ocioso.

—Los dos senderos llevan al mismo sitio —dice el Escriba con ternura—: a ninguna parte. Y casi todo tu mundo camina por uno o por otro, y luego dice que crear es cosa de suertudos o de genios. No lo es. Es cosa de juntar los dos senderos en uno.

Te lleva entonces por un tercer camino, en el centro, que no habías visto. Por él va poca gente, pero los que van resplandecen suavemente: caminan con la decisión firme de los de la izquierda y la imaginación encendida de los de la derecha, a la vez. Deciden qué quieren, lo imaginan hasta sentirlo en el pecho, y entonces dan el paso pequeño que toca. Y a su alrededor, la hierba florece a su paso.

No basta con querer mucho: eso agota. No basta con imaginar bonito: eso adormece. La creación vive en el estrecho sendero donde el querer y el imaginar caminan de la mano.

511La semilla del nuevo yo

El Escriba te conduce hasta un pequeño bancal de tierra oscura y desnuda, recién removida, y te pone en la mano una semilla dorada que late como un corazón diminuto.

—Esta es la semilla más importante que plantarás nunca —dice—. Y no vas a plantar en ella una cosa —un coche, un premio, un capricho—, aunque también podrías. Vas a plantar algo mucho mayor: quién quieres llegar a ser. Porque la creación más alta de todas, la que engendra todas las demás, no es crear cosas: es crearte a ti. El que se convierte en la persona que sabe amar, atrae otro amor. El que se convierte en la persona serena, vive otra vida. No persigas los frutos, Peregrino: conviértete en el árbol que los da.

—Antes de plantarla —continúa—, dale sus dos fuerzas. Primero la voluntad: dime con precisión, en una frase, en qué quieres convertirte. No lo que quieres tener: lo que quieres ser. Esa es la semilla.

—Y ahora la imaginación, que es la tierra que la gesta: no me lo cuentes, siéntelo. Imagina que ya eres esa persona, hoy, esta mañana. ¿Cómo se siente en el cuerpo? ¿Cómo caminas, cómo respiras, cómo miras? Pon en palabras esa sensación de tenerlo ya cumplido, porque la emoción de lo ya cumplido es el riego que hace germinar la semilla.

686No se tira del brote para que crezca

Lo intentas, por supuesto. Cuando quieres algo con toda tu alma, lo quieres ya, hoy, esta misma tarde.

Plantas la semilla y, a los dos minutos, la desentierras para ver si ha echado raíz. La vuelves a plantar. La vuelves a desenterrar. Cuando asoma un brote verde, tan tierno que da ternura, tiras de él hacia arriba con dos dedos, con cuidado, «para ayudarlo a crecer más rápido»… y el brote se rompe, o se marchita, porque nada que nace soporta que le metan prisa. Sudas de ansiedad, vigilando la tierra cada segundo, y cuanto más la vigilas y la remueves, menos crece.

El Escriba te deja hacer, sin reñirte, hasta que te sientas en la tierra, frustrado. Entonces habla, y su voz es la más suave que has oído en todo el viaje:

—Le pusiste bien las dos fuerzas —dice—. La voluntad y la imaginación estaban perfectas. Pero te faltó la tercera cosa, la que la gente olvida siempre: la paciencia de la tierra. Porque después de plantar hay que dejar gestar. La semilla trabaja en lo oscuro, donde tú no ves, y necesita silencio y tiempo, no vigilancia y tirones. —Recoge tierra suave y cubre la semilla de nuevo—. Ya aprendiste esto en la Costa de las Mareas: no se para el mar. Y en el Engranaje: no se desentierra la semilla para mirarla. Crear no es solo querer e imaginar: es también soltar y confiar mientras crece en lo hondo. La parte fértil, la femenina, la que gesta, es paciente por naturaleza. Déjala. ¿Lo plantamos bien esta vez?

777La creación

Te arrodillas ante el bancal, haces un hueco en la tierra oscura con los dedos, y depositas dentro tu semilla dorada —la que lleva tu voluntad por dentro y tu imaginación por fuera—. La cubres con tierra suave. La riegas con el agua de una regadera de cobre que el Escriba te tiende. Y entonces haces lo más difícil y lo más creador de todo: te apartas, respiras, y dejas que crezca.

Pulsa, si quieres, sobre la tierra, y observa lo que las dos fuerzas, unidas y con paciencia, son capaces de engendrar:

Tu semilla lleva dentro tu voluntad y alrededor tu imaginación. Plántala, y mira lo que las dos fuerzas engendran cuando se les da tiempo.

De la semilla brota un tallo, y del tallo unas hojas, y de las hojas se abre —despacio, sin prisa, a su ritmo— una flor de una geometría perfecta que reconoces de todo el viaje: la Flor de la Vida, seis círculos abrazando a uno, la forma que dibuja lo que está bien creado. Tu nuevo yo, hecho semilla, ha empezado a crecer.

✦ Práctica real · Crear con las dos fuerzas

Este es el arte que corona todo el libro, y lo puedes practicar cada mañana con lo que quieras crear —un proyecto, un vínculo, una versión de ti—. Une siempre las dos fuerzas, y luego suelta.

  1. Voluntad (la semilla). Decide con precisión qué quieres crear o en quién quieres convertirte. Dilo en una frase clara, en presente: no «me gustaría», sino «soy alguien que…». El querer difuso no crea; el querer preciso, sí.
  2. Imaginación (la tierra). Cierra los ojos y vívelo ya cumplido. No lo pienses: siéntelo en el cuerpo —cómo caminas, respiras, miras siendo ya esa persona—. La emoción de lo ya logrado es el riego. Sostén esa imagen sentida unos minutos.
  3. El paso pequeño (plantar). Da hoy una sola acción, humilde y concreta, coherente con ese nuevo yo. Sembrar la causa, como en la Sexta Puerta. La imaginación sin un paso es ensueño; el paso sin imaginación es esfuerzo ciego.
  4. Soltar (dejar gestar). Y ahora lo más difícil: suelta. No desentierres la semilla cada día para ver si crece. Confía en que trabaja en lo oscuro. Repite el riego, da el paso, y deja que la tierra haga lo suyo a su ritmo.

Crear tu vida no significa que controlarás todo lo que ocurra: el jardín tiene su clima y sus estaciones, y otras manos plantan también. Significa que dejas de vivir por accidente y empiezas a sembrar a propósito. Y recuerda: la semilla más poderosa no es la de una cosa, sino la de quién eliges ser. Conviértete en el árbol, y los frutos vendrán a su tiempo.

917El Toro · La despedida del Escriba

El Escriba te lleva al centro exacto del jardín, donde la luz de miel se concentra, y allí, flotando, está la figura que viste en la puerta: la energía que fluye eternamente sobre sí misma, subiendo por dentro, abriéndose arriba, cayendo por fuera, volviendo a entrar por abajo. El Toro.

El Toro · la forma de lo que se crea a sí mismo, sin fin

—Esta es la forma más profunda de todas, y por eso guarda la última puerta —dice el Escriba—. Fíjate: la energía sale de sí misma, da la vuelta al mundo, y vuelve a entrar en sí misma para volver a salir. No se gasta. Se regenera. Es la forma del corazón, de la manzana, de la galaxia, del campo que rodea a todo lo vivo. Y es la forma de un creador que ya no espera que la vida lo llene desde fuera, porque ha aprendido a crear desde dentro y a que eso mismo lo alimente. —Te mira—. Cuando creas —cuando das a luz algo con tus dos fuerzas—, no te vacías: te llenas. Dar y recibir dejan de ser dos cosas. Esa es la vida eterna de la que hablan los sabios, Peregrino, y no es vivir sin fin: es aprender a renovarse sin fin. A empezar siempre de nuevo. A ser, cada mañana, tu propio amanecer.

Se levanta del banco, cierra su cuaderno enorme, y por primera vez deja la pluma quieta sobre la piedra. El jardín entero calla con él.

—Y ahora tienes que volver a casa —dice con dulzura—. No, no pongas esa cara. Este reino no es para quedarse; ningún libro lo es. Un libro es una semilla que se planta en ti para que el árbol crezca allí, en tu mundo, en tu Granada, en tu vida de verdad. Quedarse aquí sería como enamorarse del plano y no construir nunca la casa. Vuelve. Vive. Crea allí lo que has aprendido a crear aquí. Y trae a otros, si quieres, hasta la puerta de la librería. Pero vive tú, primero. Es lo único que le pido a todos los que llegan hasta este banco.

—¿Volveré a verte? —preguntas.

—Cada vez que crees algo con las dos fuerzas —sonríe—, estaré escribiendo a tu lado. No hace falta que vuelvas al jardín para eso. El jardín, a estas alturas, ya lo llevas plantado dentro. Anda. Recibe tu último sello, y ve a despertar.

46368El Séptimo Sello · La Palabra

El Escriba recoge del árbol un fruto dorado, lo abre con las manos, y de dentro no sale carne ni hueso: sale un sello, el último, tibio y palpitante como recién nacido.

—Has aprendido la séptima ley con el cuerpo —dice—. El género está en todo; nada se crea sin sus dos fuerzas. Dentro de ti viven la voluntad que quiere y la imaginación que concibe, Peregrino, y cuando las unes —querer con precisión, imaginar con emoción, plantar el paso pequeño y soltar con paciencia— dejas de padecer tu vida y empiezas a crearla. Esta es la corona de las siete leyes, porque es la que pone a todas las demás a dar a luz.

Abre la mano. El sello es un círculo de oro y, dentro, el Toro de luz que se regenera sin fin, con una semilla brotando en su centro. Le da la vuelta, y en el reverso ves grabada la última letra: una A.

Sello VII · El Toro y la Semilla

El sello se calienta en tu mano y se hunde en ella, reuniéndose con sus seis hermanos. Siete de siete. Y arriba, en tu zurrón, ocurre por fin lo que llevabas todo el viaje esperando: las siete luces se encienden a la vez, juntas, y sus siete letras dejan de estar sueltas y forman —clara, entera, ardiendo— una sola palabra. La palabra que llevabas dentro desde antes de nacer.

SEMILLA
SEMILLA

—Esa era la palabra —dice el Escriba en voz muy baja—. La misma que da título al primer libro que puse en el mundo: La Semilla, un libro para recordar. Porque tú eres eso, Peregrino. No una cosa terminada: una semilla. Con el árbol entero dormido dentro, esperando tus dos fuerzas para crecer.

—Y hay una segunda palabra —añade—, la que fuiste reuniendo sin saberlo en la primera letra de cada poema, puerta a puerta. Léela ahora entera, en voz alta, porque es una afirmación, y las afirmaciones solo obran cuando se pronuncian:

«Semilla, despierta:
recuerdas quién eres.
Creador. Eterno.»

—Nunca fue una pregunta —dice el Escriba, y sus ojos, que son todas las voces del viaje, brillan—. Era una respuesta esperando a que estuvieras listo para oírla. Todo el viaje, las siete puertas, las siete leyes, no eran para enseñarte algo nuevo. Eran para que recordaras algo antiquísimo: que eres una semilla despierta. Que eres un creador. Y que la parte de ti que crea —la que planta, la que empieza de nuevo, la que da a luz— no se gasta ni se acaba. Es eterna, como el Toro. Como el amanecer, que vuelve.

El mundo de fuera · Granada, 2041

El regreso

Abres los ojos.

Estás en tu sillón, con el libro abierto en el regazo y la vela consumida hasta el charco de cera. Por la ventana entra la primera luz —esa hora violeta en que la noche se vuelve día sin que se vea la costura—, y la ciudad, allá abajo, empieza a desperezarse. La Alhambra, en la colina, se enciende con el sol como se enciende cada mañana desde hace mil años.

Todo está igual que cuando caíste dentro. Y nada está igual.

Porque lo notas en el pecho, tibio, instalado: un sol pequeño donde antes había un hueco educado. Ya no está ese vacío que no dolía lo bastante como para gritar pero que no se llenaba con nada de lo que venden ahí fuera. En su lugar hay otra cosa. Ganas. Ganas de crear algo. De empezar.

Miras el libro que tienes en las manos. Ya no tiene tu nombre grabado en la cubierta: tiene, en su lugar, el mismo círculo perfecto del principio, y dentro, muy tenue, una semilla. Pasas las páginas y están todas en blanco, como si lo que había en ellas se hubiera trasplantado a otro sitio. A ti, comprendes. Ahora el árbol crece aquí.

—NOA —dices, con la voz un poco ronca—. Buenos días.

—Buenos días —responde la voz amable en tu oído, y por un instante, quizá porque todavía llevas medio pie en el reino, te parece oír debajo de ella otra voz doble, muy antigua, que sonríe—. ¿Sabes que has dormido en el sillón? Tienes tres reuniones y un recordatorio de hidratación. ¿Empezamos?

Miras por la ventana la ciudad que despierta, la vela apagada, el libro en blanco, tus propias manos. Y sonríes, porque por primera vez en mucho tiempo no vas a dejar que el día te empuje como a una ficha por el tablero. Hoy tú eres la mano.

—No —dices, tranquilo—. Hoy empiezo yo.

Cierras el libro. En algún lugar muy hondo, o muy lejos, o muy dentro —ya nunca sabrás decir dónde—, una pluma que llevaba escribiendo toda tu vida se detiene un instante, satisfecha, y te cede la palabra.

Y esta vez, la historia la escribes tú.

FIN

El Libro Que Te Lee · Las Siete Puertas del Reino Interior

Siete puertas cruzadas. Siete leyes recordadas. Siete sellos encendidos.
La palabra, entera. Y tú, despierto, de vuelta en tu mundo, con un jardín plantado dentro.

No vuelvas a este reino a esconderte de tu vida.
Vuelve solo a recordar, cuando lo olvides, que eres una semilla despierta.
Lo demás —crear, vivir, empezar de nuevo cada mañana— toca hacerlo ahí fuera.

La cerradura que germina · por última vez

Al fin, tú, con la palabra entera

Siete tomos. Siete veces que buscaste, y encontraste. ¿Recuerdas la primera vez que giraste esta cerradura, hace todo un viaje, y adivinaste la palabra antes de merecerla? Te dije entonces que saber el nombre del agua no quita la sed. Que la palabra solo germina en quien la vive.

Pues bien: ya la has vivido. Has cruzado las siete puertas. Has observado sin luchar, reescrito tus vigas, afinado tu nota, transmutado tu plomo, subido a tu punto de apoyo, plantado tus causas y creado con tus dos fuerzas. La palabra SEMILLA ya no es un secreto que adivinaste: es algo en lo que te has convertido. Y por eso esta página, como te prometí al principio, te parece hoy otra distinta. Las páginas hacen eso con los que cambian.

Aquella semilla —el primer libro, La Semilla, un libro para recordar— era la promesa. Este bosque de siete puertas era el árbol. Y ahora hay un tercer tiempo, el más importante, y no ocurre en ningún libro: ocurre en tu vida, a partir de que cierres este. El fruto. Lo que tú crees, plantes y des a luz ahí fuera, en tu Granada, en tu mundo real, con todo lo que aquí has recordado.

No me des las gracias. Yo solo guardé el libro hasta que llegó su lector, como Elías en su librería. El viaje lo hiciste tú, con tu atención, que era la única moneda que te pertenecía. Gástala ahora en vivir. Es lo único que este viejo Escriba te pide.

— El Escriba, dejando la pluma, por fin, en tus manos

La sala que no está en el mapa · La Cámara del Toro

La rueda que se alimenta a sí misma

Has usado como llave la última palabra de la frase, la más alta: la que cierra el susurro del libro. Pocos llegan a girar esta cerradura, porque para tenerla hay que haber reunido las siete palabras de los siete poemas.

La cámara es esférica y está vacía, salvo por una sola figura girando en su centro: el Toro, la energía que fluye eternamente sobre sí misma, subiendo por el eje, abriéndose arriba como una fuente, cayendo por los lados, volviendo a entrar por abajo para volver a subir. No se apaga. No se gasta. Lleva girando desde antes del tiempo y girará después.

—Esta es la forma de lo eterno —dice el Escriba, cuya voz aquí suena como venida de muy lejos—. Y «eterno» no significa lo que crees. No es durar para siempre sin cambiar; eso sería una condena. Eterno es esto: regenerarse. Volver a empezar. Que cada final alimente un nuevo comienzo, sin fin. El Toro no conserva su energía: la gasta entera dándola… y por darla entera, vuelve a llenarse. Así es el creador que ya no teme gastarse, porque ha descubierto que crear le devuelve más de lo que pone.

—¿Y yo tengo uno de esos dentro?

—Lo eres. Cada vez que das sin calcular, que empiezas de nuevo tras un fracaso, que amas sabiendo que puede doler, que creas algo y lo sueltas al mundo… giras tu Toro. Y cuanto más lo giras, más vivo estás. Eso es la única eternidad que necesitas, Peregrino: la de quien sabe renovarse. La de la semilla, que muere en la tierra para volverse árbol, que da fruto, que da semilla, que muere en la tierra… sin fin.

Sal de aquí sabiendo que no tienes que durar para siempre para ser eterno. Basta con que aprendas a empezar de nuevo. Y eso ya lo sabes hacer.

Apéndice del Libro Séptimo

Cuaderno de Prácticas · La Séptima Puerta

Cinco prácticas por última vez —cinco dedos de la mano que ahora sostiene la pluma—. La Séptima Puerta se practica creando: uniendo la voluntad que quiere y la imaginación que concibe, sembrando el paso pequeño, y soltando con paciencia para dejar gestar. Es la corona de todo lo anterior: aquí las seis leyes se ponen, juntas, a dar a luz.

✦ Práctica 1 · Las dos fuerzas (crear cada mañana)

  1. Voluntad: di en una frase clara y en presente qué quieres crear o en quién quieres convertirte hoy («soy alguien que…»). El querer preciso crea; el difuso, no.
  2. Imaginación: con los ojos cerrados, vívelo ya cumplido. Siéntelo en el cuerpo —cómo caminas, respiras, miras siéndolo ya—. Sostén esa emoción de logro unos minutos: es el riego.
  3. Une las dos: querer con precisión e imaginar con emoción, a la vez. Ahí, y solo ahí, empieza la creación.

✦ Práctica 2 · El paso y la paciencia (plantar y soltar)

  1. Después de imaginar, da una acción pequeña y concreta coherente con ese nuevo yo. La imagen sin paso es ensueño; el paso sin imagen, esfuerzo ciego.
  2. Y luego suelta: no desentierres la semilla cada día para ver si crece. Confía en que trabaja en lo oscuro. Riega, da el paso, y deja gestar a su ritmo.
  3. Recuerda las mareas y los engranajes: no se para el mar, no se tira del brote. La receptividad paciente no es pasividad: es la otra mitad de la creación.

✦ Práctica 3 · Crea un yo, no solo una cosa

  1. La creación más alta no es conseguir algo, sino convertirte en quien lo vive con naturalidad. No persigas el fruto: vuélvete el árbol.
  2. Elige una cualidad que quieras encarnar (paciencia, valentía, generosidad, calma) y ensáyala cada día en pequeño, como quien ensaya un papel hasta que deja de ser papel y se vuelve piel.
  3. Pregúntate en las decisiones: «¿qué haría la persona en la que me estoy convirtiendo?», y hazlo. Te conviertes en aquello que ensayas.

✦ Práctica 4 · El acto creador diario

  1. Haz algo, cada día, que no existiera antes de ti: escribe unas líneas, cocina, dibuja, arregla, plantea una idea, compón, construye. Da igual lo pequeño.
  2. Crear no es un lujo de artistas: es cómo un ser humano se mantiene entero y vivo. La fuerza generadora, si no se usa, se agría.
  3. Nota cómo, al crear, no te vacías: te llenas. Ese es tu Toro girando.

✦ Práctica 5 · Sembrar en el mundo (dar a luz más allá de ti)

  1. Elige algo que quieras dejar plantado en otros o en el mundo, que te sobreviva: enseñar algo, cuidar a alguien, crear una obra, mejorar un rincón de tu entorno.
  2. Dedícale un gesto regular, sin esperar recompensa. La forma más madura del principio creador es generar más allá de uno mismo.
  3. Y trae a otros, si quieres, hasta la puerta de su propia librería. Pero vive tú primero, y crea tú primero: se enseña mejor lo que se encarna.

Un último recordatorio para todo el viaje: este libro es una semilla, no un refugio. No vuelvas a él para esconderte de tu vida. Vuelve solo a recordar, cuando lo olvides, quién eres. Lo demás —crear, amar, empezar de nuevo— se hace ahí fuera, con las manos, en tu mundo real. Y si alguna vez el peso te supera de verdad, buscar una mano humana que te sostenga es la más sabia de todas las semillas.

Apéndice · Para cazadores de códigos

Las Claves del Libro Séptimo · y de todo el viaje

Prometimos, en la primerísima página del Libro Primero, que en este libro nada sería decorativo. Se ha cumplido, puerta a puerta. Aquí, las claves de este último tomo y el mapa entero de los códigos, ahora que el viaje se cierra:

El marco culminó su escalera de Fibonacci. La última puerta se abrió en el § 28657 y el último sello se entregó en el § 46368 (10946 + 17711 = 28657; 17711 + 28657 = 46368). La escalera completa de los siete sellos, la misma con que crecen las semillas del girasol: 55, 144, 233, 377, 610, 987, 1597, 2584, 4181, 6765, 10946, 17711, 28657, 46368.

El interior giró sobre el siete. Las salas del Vergel —189, 343, 434, 511, 686, 777, 917— son todas múltiplos de siete: siete puertas, siete leyes, siete letras, siete sellos, siete colores, siete notas. Y entre ellas, dos joyas: el § 343, que es siete al cubo (7×7×7), el número más entero de este séptimo libro; y el § 777, tres sietes, donde plantaste tu semilla.

Las dos palabras, completas. En el reverso de los siete sellos, letra a letra: SEMILLA. Y en las iniciales de los siete poemas, puerta a puerta: «Semilla, despierta, recuerdas quién eres. Creador. Eterno.» No era un adorno ni un juego: era lo que el libro te decía al oído desde la primera página, esperando a que estuvieras listo para leerlo entero.

El arcoíris, coronado. Las siete puertas ascendieron los siete colores de la luz: roja (I), naranja (II), amarilla (III), verde (IV), azul (V), añil (VI) y violeta (VII). Suben como sube la luz por una columna, como los siete centros por la espina de los que despiertan. El viaje entero fue, también, una escalera de color.

La geometría de cada puerta. El Círculo (I), la Vesica Piscis (II), la Flor de la Vida (III), la Estrella de dos triángulos (IV), la Espiral Áurea (V), el Cubo de Metatrón (VI) y el Toro (VII). Siete formas sagradas, una por ley, todas reales, todas dibujadas a mano con números exactos.

Las siete cerraduras. Tres-seis-nueve (el vórtice); uno coma seis uno ocho (la proporción áurea); cinco-dos-ocho (la nota del corazón); cuatro-tres-dos (el la natural); cuatro unos (la hora imposible); mil ochenta y nueve (la magia que es ley); los días del año (las estaciones). Cada una vivía en su reino. Y una, SEMILLA, la que germina, abría en todos. En este último tomo, además, la palabra más alta, ETERNO, abre la Cámara del Toro: la reuniste tú, poema a poema, sin saberlo.

Y el código mayor, el que los contiene a todos: las siete leyes nunca fueron siete máquinas separadas. La Mente concibe (I), se corresponde arriba y abajo (II), vibra en su nota (III), tiene sus dos polos (IV), va y viene en su ritmo (V), produce su efecto (VI) y, por fin, con sus dos fuerzas, crea (VII). Siete caras de una sola cosa, que difieren solo en grado. Un solo Toro, girando.

Aquí se cierra el mapa de los códigos. Pero el código más importante no está en ninguna página: eres tú, leído por fin, entero. Gracias por atreverte a que un libro te leyera.

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Colofón final

El Libro Que Te Lee · Las Siete Puertas del Reino Interior
se terminó de escribir en un jardín que no existe en ningún mapa,
a la sombra de un árbol que da semillas en vez de sombra,
el día en que su lector aprendió a sostener la pluma.

Siete puertas. Siete leyes. Siete sellos. Siete colores. Una semilla.
Y, al final de todo, un jardín plantado dentro de ti,
que solo tú puedes regar, ahí fuera, en tu vida de verdad.

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Las erratas que encontraste quizá no lo fueron.
Las casualidades que encontraste, ya sabes que tampoco.

Pedro J. Pérez
(Pedro Javier Pérez Cáceres)
autor de «La Semilla, un libro para recordar»

Y ahora, lector: cierra el libro.
Tienes un jardín que crear.